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Lágrimas Negras (BAP oneshot)

21 Jul

wewew33

Título: Lágrimas Negras

Autora: Sensei

Fandom: BAP

Personajes: Todos los miembros de BAP

Nº de palabras: 9192

Clasificación: R

Resumen: Capturados desde la infancia, Bang y Zelo vivieron toda clase de atrocidades desde que fueron recluidos en unas minas para trabajar como esclavos. Sin embargo, conseguirán la libertad con ayuda del resto de presos y montados en una nave de cazadores huirán a otro planeta cercano. Pero no todo será tan sencillo: entre ellos hay un intruso cuya sed de sangre los llevará al límite de sus fuerzas y hará que sus vidas corran un gran peligro. Esta es su historia de supervivencia contada desde el punto de vista de Yongguk, o como se le conoce en este fic: Bang.

Advertencias: erotismo, violencia, abusos sexuales, temas sobre esclavitud y trabajo forzado, palabras malsonantes, a los más sensibles quizás el tenebrismo de esta historia les dé un poco de miedo, es una historia de ciencia ficción y similar a las Crónicas de Riddick.

Nota: me inspiré en las canciones de BAP, la BSO de Resident Evil y las canciones de The XX ^^ aparte de mucho dubstep y música relajante.

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ANTES DE LEER, IMPORTANTE:

Querid@s lector@s, lo sé, soy impaciente y al mismo tiempo tardona, lenta o yo que sé. No sé lo que soy la verdad, pero si algo sé es que esta historia lleva mucho tiempo parada sin ser publicada cuando está escrita enterita (¡enteritaaaaa!-grita Sensei interiormente). Si he demorado la publicación ha sido por algo que ya os mencioné (quería escribir diversos finales alternativos para daros algo de juego y especialmente quería hacerlo con la ayuda de Pescaito y Té verde)

Ahora bien, por mi cuenta escribí dos finales, así que será lo que publique de momento junto a esta primera parte. Creo que es lo más justo para todos, ya que hay muchos otros proyectos que llevar adelante (no solo yo, sino todas las que escriben por aquí) y no quiero que estas historias se queden tan paradas. Sin más espero que os guste y os explico brevemente en qué consiste este experimento:

Lo que a continuación está escrito es la primera parte de la historia y justo al final de la pagina encontraréis dos enlaces con dos finales alternativos diferentes ^^

Me disculpo si esto os ocasiona alguna incomodidad. ¡Disfruten de la lectura!

Sensei

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Los últimos ancianos dicen que muchos años atrás, la Tierra se convirtió en un mar de hielo y que la vida se extinguía bajo el frío cristal que lo cubría todo. Muchos llamaron a aquello «el infierno helado», pero lo que ninguno de ellos sabía era que el verdadero infierno se encontraba bajo el hielo. Lleno de fuego y lava, en las entrañas del viejo planeta Tierra existió una vez una antigua mina. Era el último recurso humano que quedaba en funcionamiento. La Tierra ya no era un lugar para vivir, pero si aún una fuente de la cual alimentar a otros planetas de la inmensa galaxia. En aquella laberíntica y humeante mina eran explotados miles de hombres y mujeres. La mayoría no había siquiera nacido en la Tierra: eran prisioneros de guerra o simplemente esclavos capturados de otros planetas.

Ese era nuestro caso.

Mi hermano Zelo y yo fuimos arrancados del calor de nuestro hogar en una tranquila noche. Nuestro mundo era un lugar apacible hasta que los cazadores llegaron y destruyeron nuestra aldea. Nunca fuimos un pueblo guerrero, convivíamos en paz con el resto de naciones. Sin embargo, nuestro planeta fue elegido entre otros tantos para ser devastado. Aún guardo el terrible recuerdo de mi familia gritando, intentando huir del fuego desesperada, entre lágrimas suplicando clemencia, pero un fuerte fogueo los silenció a todos.

Mi nombre es Bang y esta es mi historia de supervivencia.

 

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Aquel frío planeta no era el nuestro. No nos dio una bienvenida agradable. Maniatados y en fila desfilábamos sobre la fría nieve hasta que todos entramos en el oscuro y gran túnel de las minas, de la misma forma de la que se lleva al ganado al matadero. En eso nos habíamos convertido: en humanos hacinados como animales y que morirían como tales.

Desde el primer instante eché en falta mi planeta, un lugar muy diferente a aquella cárcel de hielo. El que había sido mi lugar de procedencia estaba plagado de árboles y coníferas, de pequeños roedores y plumíferas aves de hermosos cantos. Ahora ya no había hermosas canciones que oír, tan sólo el lamento de los prisioneros y el duro sonido de la pica y la piedra en constante lucha.

En un principio nadie dio crédito a que unos niños de catorce y ocho años fueran capaces de sobrevivir en semejante atmósfera. Nosotros tampoco esperamos que nuestra reclusión durara ocho años, pero así fue. Durante ocho años en los cuales sufrimos toda clase de vejaciones y torturas, además del trabajo forzado y de la incipiente desnutrición, vivimos recluidos en las minas. Zelo fue quien peor lo pasó, dado que era el más joven de los dos. Lo que nunca me podré perdonar es no haber podido protegerle siempre. Tras sufrir horripilantes experiencias, en contra de todo pronóstico y sobre la desgracia sobrevivimos, crecimos y nos endurecimos como el metal.

En un entorno de humedad, hedor e insectos vivíamos en cárceles, llenos de un polvo que era suficiente para hacernos a todos similares a pesar de pertenecer a distintas razas. Pero que hablásemos distintas lenguas o que no todos fuéramos humanos no nos impidió rebelarnos. Después de vivir una infinidad de pesares, un buen día al fin vimos una oportunidad para escapar. Dada nuestra determinación por sobrevivir, aquella clara idea nos permitió adquirir cierto poder y control sobre lo que ocurría a nuestro alrededor. Éramos conscientes de nuestra esclavitud pero, a diferencia del resto, a base de peleas e incluso de matar a otros, mi hermano y yo habíamos conseguido labrarnos un estatus y, por ello, llegamos a ser líderes de un movimiento secreto.

A todos nos unía el dolor y la furia que inundaba nuestros corazones. La idea que poco a poco se instalaba en cada uno de nosotros cobró forma y, gracias a Zelo, que conseguía información del exterior, finalmente sus incesantes historias de otros cuarteles donde otros muchos hombres se sublevaban hicieron mella en mí, y se convirtieron en el aliciente perfecto para desembocar en una insurrección.

¿Podíamos conseguirlo? ¿Realmente la misma historia podría repetirse una vez más?

Pronto nuestro grupo de rebeldes comenzaría a reunirse para planear nuestra sublevación, que ocurrió en un día normal y corriente. Nadie de los de arriba podía esperarse nada: pica y músculo trabajaban sincronizados, sin luz diurna en una relativa oscuridad. La alarma del descanso sonó y las luces rojas brillaron intermitentes a ambos lados de los túneles por los cuales los trabajadores empezaban a desfilar hacia la zona de descanso. Durante nuestra marcha, las dañinas lámparas químicas chispeaban de forma aterradora, pero estas no eran menos peligrosas que la ardiente piedra que nosotros los esclavos trabajábamos día a día.

Aunque ya teníamos pensado cómo íbamos a atacar, nos llegó una inesperada visita, la cual se convirtió en nuestra oportunidad perfecta. Ahora los protagonistas serían otros: salían de una nave que acababa de aterrizar en la superficie destinada a las naves de carga. Arriba, el cielo abierto se veía oscuro aún y una fuerte ventisca entraba renovando el aire. Cada vez que se abrían las compuertas para que una nave entrara en la mina, un esperado soplo de vida realmente frío descongestionaba el lugar y llenaba de pequeños copos blancos la amarilla tierra que ensuciaba la pista de aterrizaje de nuestro inmundo agujero. Aquella nave no había pasado nunca antes por allí. Aquella era carne fresca.

Detenidos y sin llegar a probar aquel mejunje verdoso que era nuestro almuerzo, los esclavos observamos cómo los pasajeros de la nave descendían trayendo consigo un nuevo prisionero. Los que portaban las cadenas eran nuevos y jóvenes cazadores. Tanto Zelo como yo pudimos notar lo distintos que eran de nuestros carceleros. Posiblemente tenían nuestra misma edad, en sus caras se reflejaba la sorpresa e incredulidad que sintieron al vernos, y parecían disgustados de enfrentarse la cruda realidad. Novatos, no llegarían muy lejos si ya con ver tan poco quedaban impresionados. Con paso inseguro continuaron avanzando y tras ellos, al fin, apareció su captura.

Aquellos fortuitos invitados nos fueron de gran ayuda para que los vigilantes no estuvieran tan atentos a nuestros movimientos. Interesados y llenos de confianza, poco a poco nos dispersamos en nuestro momento de recreo pero sin quitar ojo a nada ni nadie mientras, en secreto, nuestras cadenas iban siendo soltadas una a una, y nuestras manos se llenaban de dañinas armas.

Tres jóvenes y rubios cazadores seguían abriéndose paso; el color de su cabello era un símbolo de su estatus y ocupación. Todos los cazadores llevaban brillantes cabellos rubios, casi blancos. Pero esto quedó completamente en segundo plano cuando contemplamos al humano que habían capturado. Su figura era la de un tipo con aura oscura cuyos cabellos eran negros y bastante cortos. El recién llegado preso iba atado de pies y manos, llevado del cuello por una gruesa y pesada cadena que lo mantenía cerca del suelo agachado. Zelo, que estaba a mi lado, se tensó como un gato y de pronto contuvo la respiración. Sus brillantes y grandes ojos se giraron hacia mí llenos de emoción.

―Hermano… Creo que sé quién es… Es… ¡es Himchan!, el llamado «asesino del planeta rojo», el degollador de cazadores. Su cruel fama le precede, es un artista en su afición por matar. ¿Ves el tatuaje que tiene en el rostro y en el cuello? Es el asesino perfecto… Sí, debe ser él, ¡estoy casi seguro! ―Zelo susurró enérgico y con gran agitación en su voz. Se giró de nuevo para ver cómo el prisionero era llevado hasta una celda provisional donde sería inspeccionado. Los jefes de nuestra mina lo miraban impresionados y con cierta codicia. Seguramente su cabeza valía muchísimo dinero y pensaban comerciar con él posteriormente.

Justo unos segundos antes de entrar y desaparecer entre rejas, el preso giró su rostro y nos miró. Sus ojos negros y fríos hicieron que mi sangre se helara por unos segundos. Sin embargo, no era a mí a quien estaba mirando fijamente, sino a mi hermano.

Zelo le mantuvo la mirada, cosa que yo no fui capaz de hacer, y lo hizo hasta que aquel malnacido desapareció en la oscuridad de su calabozo. Tras esto, Zelo lentamente se dio la vuelta y me dijo lo mismo que yo estaba pensando:

―Me ha mirado… Ese tío me ha mirado… ¿Has visto qué miedo da? Es increíble… ―Zelo sonreía excitado. Yo ya conocía la gran admiración que sentía mi hermano por aquel tipo de criminales. Los envidiaba por su sangre fría y por su capacidad de matar. En el fondo quería convertirse algún día en un ser tan letal como aquel individuo.

Pero entonces un interrogante se debatió en mi mente.

Si era tan mortífero y peligroso como decían, ¿cómo es que había sido capturado tan fácilmente por unos cazadores principiantes?

 

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La sensación de la sangre caliente que salpicaba sobre nuestras manos era inolvidable, pero si había algo mejor que eso era el sabor de la venganza.

En el momento menos esperado, todos los esclavos atacamos al unísono. Todo sucedió en cuestión de segundos. Justo después de que encerraran a aquel preso atacamos a los desprevenidos guardias por la espalda. Fue una masacre. Todos los cautivos organizados y armados con sus herramientas de trabajo comenzaron a abrir cabezas, cortar cuellos y a atravesar los cuerpos de los guardias. Al final todo se convirtió en un caos de sangre y vísceras, y por un momento perdí de vista a Zelo. El corazón me latió con fuerza. Grité su nombre entre el incesante sonido de disparos y aullidos de dolor pero no hubo respuesta. Mis compañeros de celda no atendían a mis gritos, todos estaban como locos asesinando a sus verdugos y saqueando el lugar. Tras matar a unos cuantos lo único que yo quería hacer era huir de allí, salir ileso junto a mi hermano cuanto antes. Sin embargo, ¿dónde se había metido Zelo? Aquello se nos había ido de las manos pero ¿qué importaba ya?

Mientras le buscaba cerca de la nave, y antes incluso de llegar a ella, escuché un montón de gritos a mis espaldas. Cuando me giré, allí estaba él: Himchan, el asesino, sobre un mar de sangre del que todos huían, aunque inútilmente. Daba igual quién se le interpusiera, todos caían presa de la muerte entre sus manos. Su estilo de lucha y su arte para matar eran innatos. Obreros y carceleros con huesos rotos y mandíbulas desencajadas regaban el suelo de sangre y otros fluidos conforme Himchan se hacía paso en mi dirección. Para mi mayor impresión, tras él iba Zelo.

―¡He conseguido las llaves y le he liberado! ―me gritó con júbilo una vez llegó hasta mi lado, casi sin respiración.

En aquel momento, una explosión detonó cerca de nosotros. Nos agachamos y acto seguido agarré del brazo a mi hermano.

―¡Tenemos que salir de aquí ya, hermano! ―le apresuré.

―¡Él vendrá con nosotros, conoce un lugar seguro donde podemos escondernos!

Himchan me dedicó una mirada de suficiencia. Una sonrisa se intuía en sus labios.

Yo dudaba mucho que aquel asesino quisiera protegernos, pero ante los ojos de mi hermano no podía negarme. No en aquel momento. Accedí, pues, y nos internamos en la aeronave que había quedado abierta antes. No habíamos llegado a tocar nada cuando de repente todo tembló, las compuertas se cerraron y el sonido estruendoso de los motores nos indicó que alguien estaba tripulando la nave ya. Había comenzado a elevarse y quien fuera que hubiera estado intentando huir antes que nosotros iba a conocer muy pronto quienes éramos.

Zelo, Himchan y yo corrimos hasta la zona de control, y fue toda una sorpresa encontrarnos con los tres jóvenes dueños de la nave, anteriores captores del asesino. Mientras dos de ellos pilotaban, el que quedaba, herido de bala en uno de los hombros, se interpuso entre nosotros y alzó un arma con tembloroso pulso.

―No os atreváis a dar un paso más ―dijo con tono amenazante.

Yo sonreí. No le creía capaz de atacarnos y aunque lo hubiera intentado no hubiera tenido tiempo suficiente de hacerlo ya que Himchan, con prodigiosa rapidez, ya no estaba detrás de nosotros, sino detrás de él, y le tenía sujeto del cuello. Durante el forcejeo, la pistola del cazador se accionó y todos alarmados nos pusimos a cubierto.

―¡Daehyun! ―gritó uno de los que pilotaba la nave, que se llamaba Jongup.

Su compañero, Youngjae, distraído por los disparos, parecía perder el control de la nave, y por ello me adelanté para hacerme cargo de la situación.

―Ni se te ocurra hacer nada raro. Controla este cacharro o le vuelo los sesos a tu amigo ―amenacé a Jongup sosteniendo firmemente una pistola que encajé entre la oreja y el cuello de Youngjae.

Jongup volvió a mirar al frente y, junto a Youngjae, consiguió estabilizar la nave y hacer que esta saliera ilesa de la mina que, entre explosiones, dejamos atrás. Finalmente pudimos abandonar la estratosfera y estar fuera de peligro.

Un océano negro iluminado con estrellas nos recibía en sus inmensos brazos ofreciéndonos seguridad y, por el momento, una vía de escape. Para cuando me quise dar cuenta, Himchan había maniatado a Daehyun, que parecía estar inconsciente. Zelo se me acercó y me sonrió de una forma propia de desequilibrado mental.

―La mina ha sido destruida, hemos vencido, hermano ―por su rostro corrían aún manchas de llamativa sangre ajena, lo que le hacía parecer aún más delirante. Una punzada de preocupación aterrizó en mi corazón. No sabía en qué clase de seres nos habíamos convertido, pero estaba claro que ahora éramos fugitivos y que aquellos cazadores que viajaban con nosotros en la nave se convertirían en nuestro seguro de salvación.

De nuevo las diferencias se hacían palpables: por muy jóvenes que fueran aquellos cazadores, eran diferentes a todos los que yo anteriormente había conocido. Habían tenido tiempo para medir sus posibilidades y, aunque parecían querer resistirse, finalmente se rindieron. La verdad era que los necesitábamos para pilotar aquella máquina. Zelo, antes de ayudarme a vigilarlos, estuvo registrando la nave, las habitaciones y diferentes compartimentos que poseía. Pude ver que cuando volvía de uno de sus paseos se metía algo en el bolsillo. Una vez se quedó a mi lado, ya que íbamos armados con pistolas, nos encargamos en todo momento de mantener amenazados a los cazadores. Ellos, a su vez, acataron bien nuestras órdenes.

Mientras tanto, Himchan se quedó observando al herido Daehyun, inconsciente, cuya cabeza colgaba hacia delante y un fino hilo había formado un pequeño charco de sangre frente a él. En cuclillas le miraba como un ave rapaz deseosa de hincarle el diente a su presa. Con los dedos aun en el gatillo, moví la pistola hacia a mí y le llamé.

―Bueno, tú. Di ya de una vez las coordenadas de ese lugar que le has dicho a mi hermano ―mi tono de voz no era amigable en absoluto.

―Sin problema… ―se levantó con parsimonia. Obviamente se tomaba su tiempo en responder a cualquier cosa, pero finalmente apartó la vista de Daehyun y se concentró en examinar un mapa estelar que había en una de las paredes. Zelo se colocó a su lado y le sonrió. Himchan entrecerró los ojos y, tras dedicarle una intensa mirada, volvió a concentrarse en el mapa. Yo no abandoné mi posición entre Youngjae y Jongup.

―Deberíamos tomar esta ruta, es la más segura.

―Pero… eso nos puede llevar mucho tiempo. ¿Tenemos suficiente combustible? ―preguntó Zelo.

―¡¿De veras pretendes meternos por ahí?! No hay mucha información de esa zona, ¡dudo mucho de que sea la más segura! ―alzó la voz nervioso Jongup.

―Por eso mismo de que no hay información es segura. Eso significa que no hay cazadores como tú que nos vayan a tocar las pelotas… ¡Haz lo que te dice, maldito cerdo! ―Zelo se giró hacia él apuntándole con el arma.

―¡Está bien, está bien, joder! Pero tranquilizaos. Si me voláis la cabeza antes de tiempo no llegareis demasiado lejos ―respondió Jongup mirando de reojo.

―Sí. Sí que podremos si usamos las cámaras de hibernación y activamos el piloto automático.

―¿Hay piloto automático? ¿Entonces podemos matar a esos tres? ―sonrió Zelo malicioso.

―No, Zelo, los necesitamos por si alguien nos persigue ―intervine entonces.

―En eso estoy de acuerdo con tu hermano ―admitió Himchan mirándome con cierta sonrisa dibujada en los labios. Alzó las cejas y miró a Zelo casi sin pestañear―. De momento no les mataremos, pero te prometo que en cuanto lleguemos al nuevo planeta dejaré que decidas tú cuál es su destino.

Zelo sonrió radiante, cual niño que recibe el mejor regalo de cumpleaños. Yo estaba harto de tanta sangre y destrucción.

Al final, estallé.

―¡Ya basta! ¿Es que no podéis dejar de pensar en otra cosa? ¡Vamos a decidir de una vez el trayecto, joder! ―grité, dejándoles a todos callados.

Daehyun pareció espabilarse entonces. Salía de su desmayo y con la nariz roja de sangre alzó el rostro y nos miró.

―¿Puedo decir algo? ―intercedió entonces Youngjae.

Le miré nervioso, realmente deseoso de tirar lejos aquella maldita pistola pero sin poder hacerlo. Aún tenía utilidad y la necesitaba para tener el control de la situación. La mantuve alzada, apuntándole a la nuca.

―Habla.

―Si no me equivoco, el trayecto que dice él lleva a un planeta que no ha sido explorado anteriormente. Se sabe muy poco de él, pero si lo que queréis es ser libres, mis compañeros y yo nos ponemos a vuestra disposición a cambio de que nos perdonéis la vida. Haremos cualquier cosa para que seáis libres pero, por favor, una vez lleguemos a ese planeta permitidnos volver a pilotar esta nave y marcharnos. No revelaremos a nadie vuestro paradero. No volveréis a ser molestados jamás. Os lo juro.

Por su tono de voz podía adivinar que era sincero, que realmente sentía sus palabras y que después de todo lo vivido tan solo quería volver a su rutina, quizás incluso cambiar de vida o algo parecido. Bajé el arma y miré a mi hermano.

―Por favor… ―volvió a hablar esta vez más rápido aprovechando nuestro silencio―. Creedme si os digo que puedo hacerme una idea de todo el sufrimiento por el que habéis pasado… Yo también he perdido a mi familia, me obligaron a alistarme como cazador simplemente por mis conocimientos en medicina. Jongup y Daehyun nunca han matado a nadie y realmente no sabían en qué tipo de lío se estaban metiendo porque sus familias son ricas y simplemente querían deshacerse de ellos y…

―¡SILENCIO! ¿Crees que tu estúpida vida me interesa? ¿Crees que puedes darme pena? ¿Tú? ¿Un cazador que durante toda su vida ha comido bien y ha hecho lo que le ha dado la gana? ¡A ti no te han metido los dedos por el culo o una polla en la boca cuando eras un crío! Tú no has tenido que crecer rodeado de mierda en una mina donde apenas se puede respirar… ¡Así que no me vengas con historias, hijo de perra, porque te juro que reventaré una a una cada extremidad de tu cuerpo como sigas hablando! ―amenazó Zelo clavándole el cañón de la pistola en la cabeza y escupiendo saliva mientras gritaba azorado y con el rostro encendido de ira.

Yo me tambaleé levemente, y sentí náuseas. A mi mente volvía la imagen de aquella vez que lo encontré tirado en el suelo de nuestra celda, desnudo y lleno de moratones, tras haber sido violado por cuatro mineros. Mi venganza fue terrible después de aquello, pero el daño ya había sido hecho. Mi hermano nunca fue el mismo; entre aquellos barrotes había deseado la muerte como el que más pero al mismo tiempo desarrolló una capacidad de supervivencia y superación increíbles. Si ahora él quería ser un monstruo, estaba en todo su derecho. Yo nunca se lo impediría.

―Shh Zelo, tranquilízate… ―la sibilina voz de Himchan apareció muy cerca de nosotros, erizándome la piel del cuello―. Sé que estás sediento de justicia, pero tu hermano tiene razón. Ya ha sido derramada suficiente sangre por hoy, ¿no crees? ―interpeló acariciando su mano y obligándole con suavidad a bajar el arma. Zelo, con el pecho moviéndosele intermitentemente, pareció apaciguarse poco a poco.

Himchan se giró hacia a mí y me tendió el arma que le había arrebatado.

―Yo me encargaré de esos dos, los conectaré a las cámaras de hibernación primero y programaré su despertar para que no abran los ojos antes que nosotros. Además, tenemos su palabra y aunque no sirva de mucho ellos ya saben de qué somos capaces… Creo que aún aprecian demasiado sus presuntuosas vidas como para que en el último momento nos traicionen y tengamos que matarles de una forma espantosa…

Tragué saliva y escuché concentrado las palabras de Himchan. Le miré de reojo y asentí; no tenía otra elección. Su plan era el mejor de momento.

―Está bien, llévatelos. Una vez que el piloto automático quede activado te llevarás a este también ―señalé a Youngjae.

Himchan por toda respuesta me sonrió complacido. Contemplé su marcha y no hice más que pensar en la perversidad que irradiaba su persona. Zelo por su parte le siguió en silencio; parecía terriblemente cansado, arrastraba los pies y Himchan no le quitaba ojo de encima. Yo sentía una gran lástima por él. Quería decirle algo pero en aquel momento no podía, debía mantenerme firme en mi posición.

Todo parecía apuntar a que íbamos por buen camino; sin embargo, un terrible presentimiento no me abandonaba. Youngjae, a continuación, me explicó en qué consistía el piloto automático y paso a paso lo puso en marcha delante de mí para ganarse mi confianza. Una vez el proceso terminó y ya nuestra ruta estaba fijada, Youngjae se incorporó con ambas manos alzadas mientras yo seguía apuntándole con mi pistola. Avanzamos, él delante de mí, por el pasillo por donde Himchan había desaparecido antes.

El ruido de pasos me guió hasta él y, una vez Youngjae estuvo bajo su vigilancia, yo simplemente me digné a observar cómo funcionaban las cámaras de hibernación. Himchan estaba programando la de Youngjae. Este iba a meterse dentro del hueco rectangular donde una serie de agujas y cables conductores le alimentarían y mantendrían vivo durante el resto del viaje, aunque no se metió de inmediato, pues una fuerte tos a nuestras espaldas captó su atención.

Era Zelo. Sentado y encorvado, estaba tosiendo, y aquello no sonaba nada bien.

―Tu hermano está enfermo, necesita medicación… ―Youngjae se adelantó rápido―. Aquí hay algo que puede ayudarle ―extrajo un inhalador de un compartimento incrustado en la pared. Se agachó bajo nuestra atenta mirada e iba a tocar a Zelo cuando de repente Himchan le interrumpió.

―Yo me encargaré, tú métete en la cámara. Ya has hecho suficiente ―Himchan movió la cabeza, señalándole el lado opuesto de la habitación, donde su cámara le esperaba. Youngjae, con cierta reticencia, le miró y luego reparó en Zelo, que verdaderamente tenía mal aspecto. Le tendió el frasco.

―Respira esto, te ayudará a contrarrestar los efectos del cambio de aire y presión.

Zelo agarró de malas maneras el inhalador y se lo llevó a los labios, encajando el plástico que le cubrió la boca y la nariz. Youngjae, de nuevo de pie, avanzó hasta Himchan y se introdujo en la cámara. Este último tecleó una combinación de números para terminar el proceso.

―Dulces sueños ―le sonrió con cierta malicia. Youngjae cerró los ojos y notó en su cuello las agujas que iban a inyectarle los somníferos y sueros. En breve relajó los párpados y entró en un superficial coma.

Himchan para entonces ya le había dado la espalda y en cuclillas junto a Zelo examinaba su rostro, le apartaba algunos mechones de pelo y miraba atento cómo inspiraba del inhalador. Yo observaba turbado y preocupado al mismo tiempo.

―¿Cómo es que…? ―Zelo inspiró aire normal, se había tomado una pausa―, ¿…que a ti no te afecta esto?

―Yo ya estoy acostumbrado a viajar… Pero al contrario que a tu hermano ―me dedicó una mirada―, a mí al principio me costaba muchísimo. Tú y tu hermano sois muy fuertes. A él parece no afectarle en absoluto el cambio ―me miró con una media sonrisa. Yo hinché el pecho tomando aire con lentitud. Himchan volvió a girarse hacia Zelo.

―Descansa, hibernar ayudará a tu organismo a curarse y cuando despiertes estarás como nuevo. Vamos, te ayudo ―Himchan levantó con cuidado a Zelo y lo conectó a la máquina. Mi hermano le miró una última vez antes de iniciar su sueño. Ya parecía estar más tranquilo.

Aparté la vista y me dirigí a la zona de control para ver cómo iba la cosa. Todo parecía funcionar perfectamente, la nave no se salía de ruta. Himchan apareció detrás de mí y, al igual que yo, se quedó mirando aquel inmenso paisaje de estrellas y planetas lejanos.

―En cuanto me digas te ayudaré a conectarte.

―Está bien, pero tú te conectarás primero ―respondí desafiante. Himchan enarcó una ceja y sonrió acercándose un poco más a mí.

―¿Es que acaso no te fías de mí todavía?

―¿Cómo podría fiarme de un asesino? ―le mantuve la mirada.

―Bueno, os he salvado la vida a ti y a tu hermano en las minas y, además, le debo lealtad a tu hermano; él me liberó de la celda.

―¿Qué sabrás tú de lealtad? ―escupí con desprecio.

―Mucho más de lo que crees. Podría contarte muchas historias pero… sobre todo, si tengo una razón para estar de vuestro lado es que antes, cuando os vi pelear, me recordasteis a cuando yo escapé de una mina muy similar a la vuestra hace muchos años. Vuestro coraje y ganas de vivir me trajeron buenos recuerdos y os admiro. Por eso no os he matado, aunque sabes que podría haberlo hecho en un abrir y cerrar de ojos.

Tragué saliva inquietado por su oscuro tono de voz y sus pupilas clavadas en las mías.

―Pero como quiero que veas que no soy ningún peligro para vosotros, haré lo que me pides ahora mismo ―añadió Himchan, que se encaminó entonces hasta la zona de hibernación.

Yo le seguí y, una vez junto a su cámara, él me indicó cómo realizar el proceso.

―Hay una forma de hacerlo automáticamente: simplemente tienes que pulsar el botón azul de tu cámara y se sincronizará con el resto. Ahora puedes quedarte tranquilo de que no despertaré antes que vosotros para cortaros el cuello mientras dormís… ―cerró los ojos mientras las agujas se conectaban a su cuello y lo sumían en un profundo sueño.

Yo respiré aliviado. Retrocedí sin apartar la mirada y me volví hacia la zona de control. Allí me senté durante un rato y me entretuve echando un vistazo a todo aquello que me llamó la atención.

Entre los muchos vídeos que visioné en una de las pantallas, encontré uno que mostraba el momento de la captura de Himchan. Él no había mostrado resistencia alguna, simplemente había alzado las manos llenas de sangre y se había entregado a aquellos jóvenes novatos Youngjae, Daehyun y Jongup quienes, horrorizados por los trozos de personas descuartizadas en una cueva, no fueron capaces de grabar durante mucho rato. Yo fruncía el ceño mientras asqueado miraba las temblorosas imágenes en movimiento. Pausé entonces el vídeo en un determinado momento en el que Himchan miró a la cámara. Sus ojos, negros como una noche sin estrellas, me absorbieron poderosamente y de nuevo me infundieron miedo. Había algo inhumano en él.

Avancé en la lista de videos y seguí viendo más hasta dar con uno que no pudo dejarme indiferente. Se trataba de un comunicado enviado desde lo que supuse sería la base central de los cazadores con el objetivo de informar a todos los cazadores, aunque seguramente también era retransmitido para cualquier viajero del espacio.

«Atención, se ruega escuchen atentamente este mensaje: existe la posibilidad de que un habitante del planeta Daemoniae haya sobrevivido. Repito, un superviviente del planeta negro anda suelto y es una absoluta amenaza. Se ruega a todos los cazadores que sigan las instrucciones convenientes para su búsqueda y destrucción. Repito, un ser de…»

 

Mis ojos se abrieron al máximo ante la conmoción que aquella noticia me causó. Un demonio había quedado con vida aun habiendo sido destruido el planeta en el que habitaban varios años atrás. Simplemente no podía creerlo. Era una posibilidad inconcebible después de todos los esfuerzos que la unión de seres humanos y extraterrestres había puesto en aniquilar a aquella raza de extraterrestres de piel negra y viscosa como la brea que había sido la fuente de innumerables genocidios durante la historia del universo.

Busqué más videos y no encontré nuevas noticias sobre el avistamiento de la criatura. Poco se sabía de ellos, tan sólo se conocía su voraz apetito de cualquier tipo de carne que pudieran triturar entre sus dientes.

Apagué la pantalla y me dirigí hacia la zona de cámaras por aquellos pasillos llenos de luces celestes que me indicaban el camino a seguir. Llegué hasta mi compartimento y una vez estuve dentro alargué el brazo y pulsé el botón azul. Intenté relajarme, pensar en un futuro positivo en el cual mi hermano y yo pudiéramos vivir finalmente en paz, sin miedo y sin armas que nos llevaran a la perdición. Sentí un cosquilleo en el cuello, como una corriente eléctrica que me adormeció enseguida, y entonces todo se volvió negro.

 

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El momento del despertar de Zelo ocurrió mucho antes de lo que yo hubiera podido imaginar.

La nave iba a la mitad de su trayecto y se encontraba sumida en la oscuridad. Súbitamente, Zelo sintió una fuerte sensación de caída que, al contrario de lo esperado, no pertenecía al sueño: realmente estaba cayendo hacia delante. Sus cables se habían soltado, y se precipitó sin remedio hacia el suelo hasta caer sobre sus extremidades de forma dolorosa.

Tosió débil, sintiéndose falto de aire; a ciegas tanteó el suelo, pero no encontró el inhalador. Zelo continuó tosiendo. Miró a su alrededor y encontró unos focos de pequeñas luces, los rectángulos de luz que bordeaban las cámaras abiertas donde el resto de tripulantes dormía aún. Sus figuras negras quedaban recortadas por la iluminación de aquellas mínimas lámparas de neón.

Zelo miró a cada uno de ellos y, entonces, reparó en que Himchan no estaba en su lugar. Su cámara estaba vacía, sus cables colgaban desconectados. Confuso, arrugó la frente, pero un sonido deslizante llamó su atención y le hizo girar el rostro hacia la derecha, donde le pareció ver algo arrastrarse rápidamente por el suelo y desaparecer por uno de los pasillos. Zelo agudizó sus sentidos, pero no volvió a escuchar nada más.

Tosió nuevamente y se incorporó con cuidado. Fijó entonces la vista en aquel pasillo iluminado débilmente por luces de emergencia celestes. Zelo avanzó inseguro.

―¿Himchan? ―se aventuró a llamarlo. No obtuvo respuesta.

Zelo se asomó al pasillo y no vio nada, tan solo un fondo oscuro que apenas dejaba adivinar las siluetas de las puertas de varias habitaciones. Se acarició los bolsillos y halló el objeto multiusos que había encontrado al llegar a la nave. Lo abrió y activó la función de linterna que aquel objeto poseía.

Volvió a toser con fuerza y se tapó la boca con una mano. Zelo, dolorido y con respiración irregular, notaba un pulso feroz en su pecho pero avanzó decidido, adueñándose de toda la valentía que poseía. Miraba muy atento en todas direcciones todo aquello que iluminaba su linterna; entonces oyó un ruido, una especie de susurro siniestro. Iluminó la fuente del sonido,; algo se había vuelto a mover y estaba escondido dentro de la habitación frente a la que él mismo estaba parado. Zelo, decidido a descubrir qué era aquello, dio un rápido salto hacia delante y ya dentro de la habitación iluminó a la figura que volvía a moverse. Para su sorpresa, descubrió a Himchan, que se giró hacia él.

―¡Baja eso! ―siseó con una voz ajena a él.

Zelo contuvo un gemido de impresión: durante la fracción de segundo que le había iluminado el rostro, le había parecido ver en los ojos de Himchan unas pupilas diferentes a las negras suyas de siempre. La linterna se le cayó de las manos. Mientras la luz rodaba, Himchan lo acorraló contra la pared y le sujetó contra ella de los brazos.

―Himchan… ¿Qué ha pasado? ―musitó asustado Zelo, con solo un hilo de voz.

―Ha habido un fallo eléctrico. Tanto tu cámara como la mía se han desconectado y nos hemos despertado. Ahora estamos en el cuarto eléctrico, había venido para arreglar el problema… ―susurró, acercando su rostro en penumbra hasta el de Zelo.

Este podía sentir su respiración muy cerca. Himchan avanzó hasta quedar a un lado de su rostro, mejilla contra mejilla.

―Tranquilo… Todo saldrá bien ―la nariz de Himchan le rozó la oreja. La calidez de su voz hizo que Zelo se estremeciera y entrecerrara los ojos.

―¿Es esta… la técnica que utilizas para paralizar a tus víctimas? Me gustaría aprender ―susurró Zelo con voz tomada, como en trance.

―No me importaría enseñarte…

Himchan sacó la lengua y levemente le rozó el lóbulo de la oreja. Zelo gimió débilmente y se encorvó un poco más, echándose sobre la pared por completo. Himchan le posó ambas manos sobre el cuello y mientras le dejaba una en la nuca, la otra le bajaba por el pecho lentamente. Zelo sintió entonces la lengua de Himchan restregar sus labios con frugalidad, como si de un animal se tratase. Apretó los párpados y sintió que las piernas le flaqueaban.

Himchan le estaba sujetando, tenía la boca ahora en su cuello, saboreaba la piel que allí había y le hacía gemir más fuerte. Zelo, mareado, se convulsionó levemente antes de ser capaz de volver a toser con fuerza. Himchan, que ya tenía preparados sus colmillos sobre su tierna piel de repente, en el último momento antes de morder, se detuvo.

Un sonido se oyó en la lejanía. Yo también había sido desconectado.

Zelo continuó tosiendo y Himchan se forzó a sí mismo a separarse. Se aclaró la garganta. Zelo resbaló un poco por la pared y lo contempló a duras penas, sin entender muy bien qué había pasado.

Justo en aquel momento, no muy lejos de ellos, yo me levantaba del suelo tras haber caído sobre mis brazos y rodillas al despertar de mi corto letargo. Confuso y algo perdido anduve, atraído por los ruidos. Sentí un gran temor cuando descubrí las cámaras vacías de Himchan y mi hermano. El resto seguía durmiendo. Me temí lo peor.

―¿Zelo? ¡¿Dónde estás?! ―le llamé asustado.

Anduve cada vez más rápido y con latidos más acelerados de mi corazón, portando mi pistola en alto, y entonces Zelo salió de una de las habitaciones. Me asustó; le había apuntado con el arma pero rápido la volví a guardar y corrí a abrazarle.

―Tranquilo, estoy bien. Ha habido un fallo eléctrico, Himchan lo está arreglando ―le iluminé la cara con mi linterna. No tenía buen aspecto.

―Vamos, ve a la zona de cámaras y respira más de ese inhalador, tienes un aspecto horrible. Ve ―le ordené.

Zelo, indeciso, avanzó mirándome por el rabillo del ojo y desapareció por el túnel en dirección contraria a la que yo había seguido. Tomé aire y avancé para internarme en la habitación de la que él había salido.

Allí estaba Himchan; me daba la espalda y tenía un codo apoyado sobre una de las paredes del fondo. A sus pies había un montón de cables sacados. Parecía observarlos.

―¿Qué estás haciendo, Himchan? ―le pregunté, apuntándole con la linterna y la pistola. Todo aquello me daba muy mala espina. Él se giró lentamente y me sonrió tranquilo.

―Me encargaba de arreglar esto. ¿Puedes dejar de apuntarme con ese arma y… la linterna? ―levantó un poco la barbilla con los ojos fijos en mis manos.

Yo me negaba a hacerle caso, pero tomé aire e intenté no actuar como un paranoico. Al final, accedí a su petición.

―Gracias ―me sonrió con cierta falsedad―. Voy a continuar trabajando ―al decir esto, se agachó sobre los cables.

―¿No necesitas luz? ―pregunté intrigado.

―Oh, es verdad… ―se acercó la linterna que descansaba en el suelo no muy lejos de él, e iluminó allí donde su mano estaba tocando algo.

Yo retrocedí y regresé a la zona de control. Allí esperé hasta que volví a ver a Himchan entrar en su cámara y conectarse solo. Con cautela me lo quedé mirando, expectante por reconocer cualquier rasgo que me indicara que estaba fingiendo dormir, pero no era así. Probé a tocarle, me atreví a apuntarle a la cabeza con mi pistola, a golpearle suavemente con la culata, y no reaccionó.

Retrocedí de nuevo, un poco más tranquilo. Detrás de mí estaba Zelo, que de nuevo dormía conectado a aquella máquina. Lo observé un rato y alcé mi mano derecha para acariciar con delicadeza su rostro. Zelo no era más que un niño. Él pretendía ser algo muy distinto, pero yo sabía que en el fondo ansiaba la normalidad tanto como yo. Aspiré hondo y sentí cierta humedad en mis ojos. La emoción de pensar en un final feliz para ambos me conmovía. Sorbí por la nariz y me dirigí a mi máquina. Estaba cansado, terriblemente cansado. Antes de cerrar los ojos dediqué una última mirada a Himchan que, sin inmutarse, permanecía erguido, allí de pie soñando Dios sabe qué.

Si es que un ser tan inhumano como aquel era capaz de soñar.

 

————————————

 

Cuando Youngjae volvió a abrir los ojos, lo primero que vio fue a mi hermano y a mí andando de un lado para otro, nerviosos por haber llegado ya al nuevo planeta. Youngjae estaba desorientado; miró en varias direcciones y vio aproximarse entonces a Daehyun, que cojeando iba a echarle una mano. Este le sonrió amigable.

―¿Cómo estás?

―Mareado… Nunca podré acostumbrarme a esto. Uf, qué mala sensación tengo en el estómago…

―Vamos, te acompaño fuera para que te dé el aire fresco. Himchan y Jongup han ido a buscar algo de comida, quizás ya están ya de vuelta.

―¿Cómo son los niveles de oxígeno? ¿Los habéis medido, verdad? ―Youngjae, con un brazo sobre los hombros de Daehyun, avanzó con los ojos entrecerrados y expresión de malestar en el rostro.

―Sí, tranquilo, parece que todo es normal. Este planeta es habitable al cien por cien… aunque no entiendo por qué no hemos visto más humanos ―afirmó extrañado.

―Ahora que lo dices… puede ser verdad, pero supongo que habrá sido por razones de distancia, quizás desconfianza ―sonrió Youngjae, por fin sentándose en un tronco que había a la salida de la nave.

Allí fuera estaba Himchan quien, seguido de Jongup, traía consigo varias aves cazadas. Las soltó a los pies de Youngjae, que miró sobresaltado los animales muertos. Su aspecto era totalmente novedoso; nunca había visto animales tan extraños, con más de dos ojos y plumajes tan raros y de colores cambiantes.

―Y aquí está el desayuno ―Jongup soltó con cuidado varios huevos al lado. Youngjae sonrió sorprendido.

―Vaya, es increíble… ¿Cuánto tiempo hace que hemos aterrizado aquí?

―Hará un par de horas, bella durmiente ―se mofó Jongup pasando por su lado y dedicándole una sonrisa de burla. Youngjae rió falsamente y luego miró a Himchan, que sonreía tranquilo sin abandonar su típica aura oscura.

―¿Has dormido bien? ―se interesó. Aquella sonrisa inquietó a Youngjae de forma considerable.

―Eh… Sí.

―Me alegro ―sin apartarle la mirada, Himchan se alejó pasando por su lado; finalmente dejó de mirarle cuando apareció Zelo.

―Himchan, ¿por qué no vamos juntos a inspeccionar la zona? Me gustaría ir a ver cómo es este lugar ―le sonrió.

―¿Estás seguro? ¿Te sientes con suficiente fuerza? ―Himchan enarcó una ceja, preocupado. Zelo se rió echando aire.

―¡Pues claro! Eso de hibernar me ha sentado bien. ¿Vamos?

―Un momento… Yo iré contigo ―me adelanté, imponiendo mi autoridad de hermano mayor.

―Oye Bang, ¿qué va a pasar con nosotros? ―me interrumpió Youngjae.

―No necesito que me vigiles, ya no soy un niño pequeño. Vámonos Himchan ―Zelo, molesto, empezaba a marchar en dirección al bosque.

Yo ante tal situación tuve que decir algo.

―Este lugar puede ser peligroso, quizás no seamos los primeros en haber llegado. Que no hayamos encontrado vida humana aún no quiere decir que esto no haya sido colonizado antes. Además, antes en la nave encontré información que dice que un demonio anda suelto. ¿Entiendes lo grave que es eso? Podría estar en cualquier parte ―amedrenté a mi hermano. Este me miró como si yo hubiera perdido el juicio.

―¿Un demonio? Pero si el planeta donde vivían fue destruido hace muchos años, ¿cómo va a haber un demonio suelto por ahí? Menuda tontería… Anda, no te inventes excusas tontas y deja que me despeje un poco ―se quejó Zelo dando media vuelta de nuevo.

Himchan no dijo nada y simplemente le siguió tras dedicarme una última ojeada.

―Eh…―estuve a punto de protestar, pero Youngjae me sujetó del brazo. Le miré inquisitivo.

―Todavía tienes que cumplir con tu palabra, Bang, tienes que dejarnos marchar. Daehyun aún no está del todo recuperado y nosotros no queremos causaros más molestias. Nos marcharemos en nuestra nave y no volveréis a vernos nunca más.

―Un momento… Si os marcháis en esta nave, ¿qué haremos nosotros si este mundo no es lo que parece? Vosotros sabéis acerca de la noticia del demonio ¿verdad?

―Sí ―Youngjae parecía muy serio de repente.

―Comprenderás entonces que no podemos arriesgarnos tan fácilmente a abandonar esta nave así como así ―tragué saliva y me agaché frente a él―. Escucha, personalmente no me fío ni un pelo de ese asesino que cazasteis y creo que lo mejor sería que estuviera muerto o entre rejas, así que deberíamos volver a cogerle y pedir ayuda para que otra nave venga y se lo lleve. Mi hermano y yo nos esconderíamos y vosotros podríais marcharos tranquilamente, dejándonos esta nave aquí con el pretexto de que está dañada.

Jongup y Daehyun escuchaban atentos mis palabras. Youngjae, que parecía meditar, finalmente me miró y asintió.

―Está bien, te ayudaremos, pero no creo que sea fácil cazarlo esta vez.

Le miré en silencio, pensando en cómo podríamos capturarle. Yo tenía una idea, pero cualquier cosa era una locura conociendo sus habilidades. Íbamos a necesitar gastar mucho cuidado para poder atraparle.

No muy lejos de donde estábamos, Himchan adelantó a Zelo y súbitamente se paró en seco, concentrado en escuchar los ruidos de su alrededor. Se giró para mirar en la dirección por la que habían venido y entonces sonrió de lado.

―¿Pasa algo? ―preguntó Zelo, inquieto―. ¿Por qué sonríes?

―No, por nada en concreto ―fingió Himchan, de nuevo haciéndose paso entre la maleza.

―Oye, ¿no hueles algo raro? Huele como a… carburante ―Zelo husmeaba el ambiente, intentando localizar el foco del olor. Himchan se detuvo de forma brusca otra vez y observó la enorme industria que se extendía ante ellos en medio de la jungla.

―Creo que ya sé a lo que te refieres. Mira ―Himchan, señalando con una mano, se giró y sonrió débilmente a Zelo. Éste soltó una exclamación de asombro y abrió mucho los ojos.

―Mi hermano tenía razón… Otros humanos han llegado aquí antes que nosotros.

―Sí, puede ser ―susurró Himchan, avanzando. Zelo se le quedó mirando extrañado por su tono de voz pero igualmente le siguió.

Una vez llegaron al interior de la fábrica se encontraron con que no había ni un alma allí. Lo que sí encontraron fueron montones de depósitos llenos de reservas de combustible.

―Vaya… wowCon todo esto podríamos hacernos ricos… Y lo mejor, la nave iba a volar de lo lindo ―rió contento Zelo. Himchan a su lado le miró de soslayo y permaneció en silencio. Zelo le miró entonces y se aclaró la garganta.

―Ahora que eres libre… ¿has pensado qué quieres hacer con tu vida? ―preguntó con curiosidad. Himchan sonrió de lado de una forma que le inquietó.

―Lo único que sé es que me gusta estar cerca de ti ―respondió mirándole de cerca.

A continuación comenzó a encaminarse hacia los tanques de combustible. Zelo sentía su pulso acelerarse por momentos; quería saber qué diablos quería decir con eso. Apretó el paso y le siguió.

―¡Himchan! ―alzó la voz. En un abrir y cerrar de ojos le había perdido de vista al girar una de las calles de depósitos―. ¿Dónde te has metido? ¿Himchan?

Zelo avanzó, oía el propio sonido de sus zapatos sobre el cemento. Entonces, un movimiento a sus espaldas le dio la pista del paradero de Himchan, pero para cuando quiso reaccionar las manos de este ya le rodeaban el cuello. Zelo, sobrecogido y falto de aire, se miró los pies, que ahora le colgaban sobre el suelo. Himchan, cuyos ojos habían cambiado, tenía las manos agarradas al cuello del otro y lo inmovilizó contra uno de los tanques, asfixiándole cada vez más, muy lentamente. Parecía estar disfrutando.

―Himchan… ―emitió a duras penas Zelo.

Poco a poco su piel se coloreaba de una tonalidad rojiza, no podía respirar. Himchan le estaba ahogando, apretaba el cuello causándole dolor en la tráquea. Himchan sonrió malicioso y entonces acercó su rostro al del otro para susurrarle muy cerca de los labios unas palabras.

―¿Crees en el destino, Zelo? ―la voz le sonaba doble, distorsionada, no era la suya propia.

Zelo no entendía por qué preguntaba aquello, por lo tanto se mantuvo en silencio durante unos tensos instantes en los que iba perdiendo cada vez más aire. Recordó entonces el momento en el que liberó a Himchan: tenía las llaves de su libertad y Himchan sin embargo no imploró porque lo liberase; simplemente se le quedó mirando con una sonrisa atractiva, esperando a que actuara. Zelo se acercó a los barrotes y le miró más de cerca. En aquel momento se sintió como un domador de fieras que observa a su esclavo león, el cual en cualquier momento podría acabar con su vida con un rápido chasquido de dientes si entraba en la jaula. Sin embargo, Zelo también supo intuir en su mirada que había algo escondido en su ser. No sabía qué era exactamente lo que le fascinaba tanto de aquel joven, pero se propuso descubrirlo y por esta razón abrió su celda y le liberó.

En aquellos instantes en los que miraba directamente a los ojos de la muerte, decidió usar sus últimas reservas de oxígeno no para pedir piedad, sino para confesar algo muy importante para él:

―Creo que no me equivoqué liberándote… Lo que… aún no entiendo es… por qué me gustas tanto, Himchan ―admitió con voz ahogada.

El nombrado, que había acercado su rostro al de Zelo y comenzaba a abrir la boca y a dejar asomar la lengua, al instante de escuchar aquello se quedó paralizado, como en estado de conmoción. Una convulsión en una de sus manos le hizo retroceder torpemente. Aquella mano parecía tener vida propia, ir en contra de su voluntad; Himchan la miró sobrecogido y entonces, de improviso esta impactó contra uno de los tanques, creando una leve abolladura en este. Himchan gimió de dolor y, de rodillas, alzó el rostro y miró a Zelo con gran temor.

―Corre, Zelo… Huye… ―era su auténtica voz, ahora afónica. El verdadero Himchan había regresado para hablarle.

Una nueva convulsión le hizo mirar al suelo y debatirse entre dos voluntades, la del monstruo que lo poseía y la suya propia. Zelo entonces supo que no era él realmente quien había hablado antes.

El asesino, acto seguido, se miró las manos. Zelo, que había caído al suelo cuando Himchan le soltó, tosiendo se incorporó para comenzar a correr por su vida. Himchan entonces se rió malicioso y aún mirándose las manos se incorporó y volvió a buscar con la mirada a su presa, que huía despavorida.

―­­­No vas a poder escapar de mí tan fácilmente, Zelo… ―murmuró con doble voz de nuevo.

La persecución comenzó. Zelo corría lo más rápido que podía esquivando los bidones de combustible, desesperado por encontrar una salida. Ya no había tiempo para volver al punto de inicio, debía encontrar una salida a menos que quisiera que aquello se convirtiera en su ratonera. Sin embargo, antes de que Himchan pudiera atraparle, Zelo consiguió encerrarse en un habitáculo similar a una despensa. Cerró la puerta a cal y canto y arrastró varias cajas pesadas para entorpecer todo lo posible los ataques de su agresor, que desde fuera luchaba por entrar a base de patadas y puñetazos. Zelo miró a su alrededor y entonces vio una ventana llena de alambres metálicos.

Se subió a varios bidones que había allí apilados, se resbaló una vez y se llenó por completo de combustible pero aún siendo todo tan resbaladizo no se detuvo; continuó escalando lo mejor que pudo hasta que llegó a la ventana. Sin dudarlo, al principio a base de golpes con sus manos y de dar tirones ayudándose de sus dedos intentó retirar el entramado de alambres que la rodeaba pero, dada su resistencia, terminó propinándole golpes con la linterna que llevaba consigo. Los alambres eran difíciles de romper y el tiempo seguía yendo en su contra. Con cada embestida, Himchan conseguía abrir más la improvisada salida, que cedía bajo sus poderosos y desesperados golpes.

Zelo miró atrás cuando escuchó varias cajas caer sacudidas por el empuje del otro Himchan. Se apresuró y cuando la abertura fue lo suficiente grande para que él pudiera entrar por ella, pasó sus ensangrentadas manos hacia el exterior y se coló por aquel hueco estrecho. Salió otra vez a la selva y emprendió una acelerada huida sin volver la vista, buscando el camino correcto hacia la nave.

Justo en aquellos momentos, Himchan detuvo sus golpes. Había escuchado algo. Al oír que otra persona había llegado al lugar, con una sonrisa malévola se escondió.

Youngjae y yo avanzamos cautelosos, atentos a cualquier ruido, ignorantes del gran peligro que amenazaba sobre nuestras cabezas. Llevábamos una red con nosotros, una red especial que podría adormecer hasta a un elefante. Jongup estaba rastreando el bosque junto a Daehyun. Fue entonces cuando un leve ruido llamó nuestra atención e hizo que ambos decidiésemos subir por unas escaleras que conectaban con un enorme depósito.

Con las pistolas alzadas continuamos ascendiendo hasta asomarnos al filo del tanque. No vimos nada, por lo que empezamos el descenso, pero antes de que yo llegara a la mitad de la escalera, a mis espaldas un silbido y luego una estallido de agua me indicó que algo no iba bien. Me giré rápido y Youngjae ya no estaba. Sin embargo, sí que pude escuchar sus gritos.

Sin pararme un momento a pensarlo, subí a trompicones los peldaños y me topé con la red de Youngjae. Mis pies se enredaron con ella, caí de rodillas y luché por liberarme durante unos segundos que parecieron eternos. Cuando me deshice de ella, llegué hasta el borde del tanque lleno de negro combustible y con la pistola alzada intenté apuntar hacia Himchan quien dentro del tanque pretendía ahogar a Youngjae agarrándolo del cuello y sumergiéndolo. Sus ojos eran completamente negros, dentro de su boca abierta y sonriente incluso me pareció ver dientes afilados. Disparé pero no acerté: se movía increíblemente rápido y tuve miedo de fallar el próximo tiro.

Una gran mancha de sangre comenzaba a extenderse por la superficie y flotar. No podía perder más tiempo. La vida de Youngjae estaba en juego así que disparé repetidas veces y entonces Himchan, herido en la clavícula salió liberando a Youngjae. Cayó sobre mí y juntos rodamos por las escaleras. Tras el último peldaño, Himchan rodó a pocos metros de mí y quedó inmóvil. Yo había perdido mi pistola, así que saqué un cuchillo y avancé atento hacia el inerte cuerpo de Himchan. Estaba tendido boca arriba, su rostro miraba hacia otro lado y un gran charco de combustible y sangre se ensanchaba a su alrededor.

De repente, algo en su estómago comenzó a moverse. Algo que parecía querer salir de él.

Horrorizado vi cómo se movía y decidí matarlo con mis propias manos; sin embargo, los ojos de Himchan me detuvieron en seco. Su rostro se había girado hacia a mí y su mirada de serpiente me congeló; no podía moverme, tan solo sujeté con fuerza el cuchillo, que de repente parecía pesar más de lo normal. Himchan se irguió empapado, totalmente fuera de sí.

―¿Crees que puedes matarme tan fácilmente? Tú y tus amigos vais a morir uno a uno. En cuanto a Zelo, creo que me voy a divertir de lo lindo con él…

―Maldito… ―apreté los dientes. Todos los músculos de mi rostro se contrajeron de dolor por el esfuerzo de intentar mover mi mano que parecía congelada, inamovible.

―Oh, sí, llora, grita… Haz lo que quieras, pero no podrás evitar lo inevitable…

En aquel momento vi con claridad lo que estaba ocurriendo. Frente a mí no avanzaba el propio Himchan; aquel cuerpo no era más que una marioneta viva guiada por un ser maligno en su interior con un hambre atroz. Aquel, sin lugar a dudas, debía ser el último demonio superviviente del planeta Daemoniae y era el mismo que me mantenía coaccionado de aquella manera. Quise gritar pero no pude. El cuchillo se me resbaló de las manos en contra de mi voluntad.

Himchan se aproximaba hacia mí, su estómago se movía como si un reptil luchase por liberarse de la piel en la que estaba encerrado. Una alargada cabeza estiraba la piel, se movía violentamente. Himchan a pocos centímetros abrió su boca y aterrado pude ver cómo algo negro emergía de ella, como una lengua con ojos y dientes, el ser más repugnante y terrorífico que jamás hubiera imaginado. Justo cuando aquella lengua iba a rozarme, oí gritar a la voz de mi hermano:

―¡Himchan, déjale en paz! ¿Es a mí a quien quieres, no? ¡Pues ven a por mí! ¡Cógeme si puedes! ―retó a gritos Zelo desde una de las ventanas exteriores que estaba junto a la montaña de tierra sobre la que él estaba situado.

Himchan sonrió complacido y tras dedicarme una mirada de suficiencia, me liberó de su encantamiento para comenzar a trepar a una velocidad inaudita por paredes y bidones hasta que finalmente de un salto rompió los alambres de la ventana y la atravesó para salir a la caza de Zelo.

Yo, nuevamente dueño de mi propio cuerpo, corrí para salvar a mi hermano y justo en la salida de la fábrica me topé con Daehyun. Le indiqué dónde estaba Youngjae, que había conseguido salir del tanque de combustible por su propio pie y le esperaba en el principio de las escaleras. Continué entonces corriendo sin pararme a dar mayores explicaciones.

Mientras corría todo lo rápido que podía escuché disparos y luego el silencio. Me detuve para concentrarme en el ruido, pero estaba perdido en aquella selva. No sabía dónde estaba mi hermano. Aquel demonio le estaba persiguiendo e iba a acabar con su vida si yo no le detenía antes.

Tomé aire y busqué alguna pista que me guiase hacia el paradero de mi hermano. Encontré manchas de combustible en un tronco y con aquella nueva pista, inicié la carrera contrarreloj siguiendo el rastro del malnacido de Himchan.

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FINAL ALTERNATIVO 1

FINAL ALTERNATIVO 2

 

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